BIBLIOTECA POPULAR "José Ingenieros"

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Alejandra MORCILLO y Mirta SUAREZ
A los amigos y socios de la Biblioteca, a través del presente blog le bridamos información de libros que tenemos en existencia y que se recomiendan por medio del criterio profesional de nuestras bibliotecarias. Les solicitamos que nos hagan llegar sugerencias y correcciones para poder ir mejorando no solo el aspecto sino también el contenido, para poder brindar una información lo más accesible posible para todos.

La Comisión Directiva

sábado, 31 de mayo de 2008

EL LEGADO DE IRÉNE NÉMIROVSKY



Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION

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Es difícil saber si la soledad es causa o consecuencia de la labor literaria. Muchos admiten haber comenzado a escribir en aislamiento; otros, que la escritura los hizo más solitarios. En ambos casos, la soledad parece ser una jaula para vivir en libertad. Pero hay encierros más opresivos y tangibles, de los que también han surgido importantes escritores. El de la Segunda Guerra Mundial fue sin dudas uno de los más perversos. Aún hoy se encuentran manuscritos escondidos que revelan la callada existencia de autores cuya obra se detuvo en Auschwitz. Es lo que sucedió con Irène Némirovsky, una escritora de mirada minuciosa sobre los conflictos familiares y la decadencia de la aristocracia. Hija de un banquero moscovita, nació en Kiev en 1903 y vivió gran parte de su vida -su acotada vida- en Francia, exiliándose de su tierra natal, como lo hicieran Vladimir Nabokov o Nina Berberova. Estudió letras en La Sorbona y recibió gran apoyo de sus amigos escritores, entre ellos Joseph Kessel y Jean Cocteau. Sabía varios idiomas: ruso, polaco, inglés, vasco, finés, yiddish y francés. En 1940, ya con la estrella amarilla clavada en su saco, le prohibieron publicar y ella siguió escribiendo hasta que fue deportada al campo de concentración. Los manuscritos inéditos sobrevivieron en una valijita que sus hijos enterraron antes de escapar de los SS. Recién a fines del siglo XX, Némirovsky adquirió fama internacional, cuando se publicó en 2004 su obra inédita, Suite Francesa , donde retrata de manera cruda y profunda la Francia de Vichy. La editorial catalana Salamandra está distribuyendo su obra en la Argentina, desde El baile hasta El Ardor de la sangre , recientemente publicadas. En El Baile , la autora da cuenta de su facilidad para mostrar los peores momentos de una persona, esos días humillantes que todos quisieran arrancar de sus agendas. Es lo que le ocurre a la protagonista de esta brevísima novela, una señora insoportable, llena de pruritos y codicia que busca adquirir la clase que nunca tuvo. Organiza entonces un baile, al que invita a personajes de alta alcurnia para ser mirada de otro modo. Pero toda preparación anticipa un rotundo fracaso. La mirada de los otros es crucial en la obra de Némirovsky. Particularmente en El Baile , donde todos los esfuerzos que la protagonista realiza para patentar su ascenso -la porcelana china, el Buda dorado sobre un almohadón de terciopelo, la boa con plumas, muebles Luis XV, abundante caviar, etc.- evidencian la ridiculez de su esmero. En la novela también se juega la mirada de los jóvenes hacia aquellos adultos que no los miran. Sobre todo la relación de padres e hijos. Así, Antoinette, la hija de esta mujer ambiciosa y pueril, cometerá un acto que condensa la furia de no haber sido mirada, logrando que su madre y su padre se odien para siempre, en una noche más de sus oprobiosas vidas. Némirovsky logra construir una trama en la que las relaciones se tensan hasta el punto de romperse y es recién entonces cuando asoma una esperanza de reconocimiento (en algunos libros de una escritora argentina, Hebe Uhart, esto también ocurre con brillante resolución). Si bien a Némirovsky le prohibieron publicar durante el nazismo, por suerte ningún régimen puede impedir que la imaginación siga fluyendo. Link permanente: http://www.lanacion.com.ar/981078

viernes, 30 de mayo de 2008

EL ARDOR DE LA SANGRE (Iréne Némirovsky)


El reciente publicación en Francia de esta nueva obra inédita de Iréne Némirovsky ha vuelto a situar la obra y la azarosa biografía de esta gran autora en el primer plano de la actualidad. Descubierto en el IMEC (Institut Mémoires de l’Édition Contemporaine) por los actuales biógrafos de Némirovsky, el manuscrito había permanecido perdido y olvidado entre los papeles de su editor de la época. Novela intimista y conmovedora, El ardor de la sangre constituye todo un hallazgo que confirma a Iréne Némirovsky entre los autores europeos más destacados del siglo XX.
Todo ocurre en una tranquila villa de provincias francesa, a principios de los años treinta. Silvio , el narrador, ha dilapidado su fortuna recorriendo mundo. A los sesenta años, sin mujer ni hijos, sólo le queda esperar la muerte mientras se dedica a observar la comedia humana en este rincón de Francia donde, aparentemente, nunca sucede nada. Un día, sin embargo, una muerte trágica quiebra la placidez de esa sociedad cerrada y hierática. A partir de allí, emergen uno tras otro los secretos del pasado, hechos ocultados cuidadosamente que demuestran cómo la pasión juvenil, ese ardor de la sangre, puede trastornar el curso de la vida. Como en el juego de las cajas chinas, las confesiones se suceden hasta llegar a una última y perturbadora revelación.
Con un tono intenso y sosegado, Némirovsky utiliza el espejo sereno y frío de la edad madura para reflejar el impulso fogoso y los excesos de la juventud, en agudo contraste con el sofocante ambiente provinciano de sobreentendidos, sospechas y silencios que la autora describe con esa particular mezcla de la lucidez y compasión que caracteriza su obra.

miércoles, 21 de mayo de 2008

FAMILIA GALANTE DE RODAS


En esta foto estan los padres de DAVID GALANTE y tres hermanas: REBECCA Y ABRAHAM Y ROSA, (arriba); MATILDE Y SARA (Abajo). Sus padres murieron en la cámara de gas en Auschwits y las hermanas fallecieron sin saber como por parte de David

UN DIA MAS DE VIDA (Martín Hazan) (Prólogo del Juez Daniel Rafecas)


Es un libro de Martín Hazan donde relata los recuerdos de un sobreviviente del campo de exterminio Auschwits, relatado por su protagonista DAVID GALANTE, originario de la isla de Rodas; que en el día de la fecha estuvo relatando, en el Fanal, que al decir de él es un legado que le dejaron los que no sobrevivieron. En esta oportunidad David comensó leyendo las atrocidades que vió, en donde perdió sus padres en la cámara de gas y tres hermanas que fallecieron haciendo trabajos forzados sin saber mas de ellas. A todo el público les dejo un nudo en la garganta perotambien dejó una sensación de satisfacción por haberlo escuchado; ya que a pesar de sus 83 años de edad, fluían los recuerdos con una claridad y serenidad con lujos de detalle impresionante.

Este libro no se encuentra en la biblioteca pero es menester obtenerlo para que este al alcance de los socios.

martes, 20 de mayo de 2008

FRAGMENTO DEL LIBRO UN DIA MAS DE VIDA

La puerta en la nariz

No terminé de preguntarle a David si estaba seguro de aceptar el desafío de hacer este libro, cuando alcanzó a deslizar una mueca reveladora de su afirmación al tiempo que aprovechaba para atajarse: ‐ Vos sabés que yo realmente quiero contarte todo lo que pasó. El problema es que no recuerdo la mayor parte de las cosas que me pasaron en Auschwitz. Son más de cincuenta años y hay un gran vacío de tiempo en el medio. Tené en cuenta que hasta hace diez años, yo casi no había hablado de este tema con nadie. Mi hermano Moshe murió en el ´92 y jamás mencionamos una palabra de lo que nos pasó en el campo. Era como un secreto que no compartimos ni siquiera entre nosotros. No sé si es mi memoria, pero la mayor parte de las cosas que me sucedieron quedaron atrapadas en el campo. Aunque algunas veces pasa algo que, de golpe, despierta un recuerdo que estaba dormido. Y es como desenterrar algo que estuvo escondido durante mucho tiempo. Como aquella noche cuando me golpee con la puerta del baño en la nariz; te acordás…
Hice un gesto de negación con la cabeza mientras lo interrumpía: ‐ No David; recuerdo muchas anécdotas que me fuiste contando a lo largo de los años, pero ninguna que se relacionara con una puerta en la nariz.
Respiró sereno e hizo un ademán introductorio mientras me decía: ‐Te cuento entonces.
David se despertó de madrugada con ganas de ir al baño. Eran como las cuatro según el reloj de la mesa de luz y Raquel estaba durmiendo tranquila, así que intentó desplazarse en la oscuridad sin hacer ruido. Entró sigilosamente al baño y una vez allí giró su cuerpo repentinamente sin darse cuenta que la puerta estaba a medio abrir. Sintió un fuerte golpe en la punta de la nariz, como un latigazo involuntario. De repente y sin esperarla, una historia que durmió durante cincuenta años en su memoria, despertó de improviso.
David se vio formando una hilera frente a la barraca que le fue asignada en el campo de exterminio. Frente a él, un oficial alemán gritaba furioso, aguijoneando el aire helado de Auschwitz con sus insultos. Parecía estar descontrolado y los motivos podían ser cientos: alguien que se fugó frente a sus narices, un temor que no lo dejaba dormir o simplemente su cuota diaria de morbosidad que no había sido satisfecha hasta el momento. Lo cierto es que el amenazante nazi, profería unos alaridos aterradores, tan indescifrables como elocuentes. Para acompañar esos gritos, enarbolaba al viento su revolver, haciéndolo girar entre sus dedos e intensificando entre los espectadores de turno, el temor angustiante por la proximidad de unas balas agazapadas en la recámara. Esa noche, un frío atroz perforaba el intangible traje gris con el que David intentaba protegerse del invierno y parecía insensibilizar a todos los que allí esperaban angustiados el resultado de esa farsa. Auschwitz estaba tan helado como para comprobar en carne propia que no es de azufre sino de hielo de lo que está hecho el infierno. “‐ Cuando el suplicio se extiende tanto tiempo, llega un momento en que ya no te importa quién es el destinatario de la bala que amenaza asomar desde el revolver; lo único que te interesa es dejar de oír esa cadena de gritos e intimidaciones escupidas al aire, que alargan con perversa insanía el martirio innecesario de quien finalmente tiene que caer”. Por fin, el verdugo de turno se decidió a dar por terminada su opereta y empezó a jugar con el dedo sobre el gatillo, dibujando un horizontal columpio y apuntando con la punta del revolver hacia ambos extremos de la hilera. Pasó reiteradas veces por la cara de los sentenciados a fin de hacerles sentir que podía matarlos dos o tres veces a cada uno si aquel fuera su verdadero deseo. Aunque eso le robaría la diversión de mañana, y la de pasado, y la de pasado…. La mirada nunca sabe donde ocultarse en un momento así. Mirarlo de frente puede ser tan letal como esquivarlo. Agachar la cabeza y rezar una y mil veces parece ser la única escapatoria para acelerar el fin de ese martirio. De repente un alarido de fuego escapa del cañón y por un instante, David sintió un latigazo seco y demoledor en la punta de la nariz. “‐ Como cuando me choqué con la puerta del baño”.
Alzó instintivamente su mano derecha. Tocó la punta de su nariz. Todavía estaba allí, junto a un río de sangre que fluía incesante. Sus dedos se tiñeron de rojo mientras su mirada, incrédula, se colgaba de ellos. Intentó detener el flujo de sangre haciendo presión con dos dedos sobre la nariz mientras intentaba ayudarse limpiándose con el puño de la camisa. No sentía nada, más que el dulce sabor de la sangre filtrándose por entre las comisuras de sus labios. Apretó bien fuerte con el pulgar y el índice, tratando de detener la hemorragia. No parecía ser tan grave. Miró a su alrededor y descubrió un manojo de nieve cuya blancura contrastaba con el furioso rojo de su mano. Aplicando un puñado de nieve sobre la nariz – pensó ‐ la hemorragia cedería. Por un instante, la gente había comenzado a dispersarse a su alrededor esquivando su cuerpo como un bulto inoportuno. Se agachó con algún esfuerzo, tratando de llenar su puño de hielo. En un fugaz recorrido, su mirada alcanzó a divisar la figura del hombre que segundos antes había estado parado a su lado. Recortado sobre la nieve blanca, un pálido y ensangrentado rostro parecía haber encontrado la definitiva bala que segundos antes apenas alcanzó a rozar su nariz. Se puso de pié y retornó a la barraca.
Nunca había recordado esa anécdota, hasta que una puerta mal cerrada del baño se la devolvió de improviso, como un vendaval inclemente que tarda más de cincuenta años en llegar.
Martin Hazan
Abril del 2007

DISCURSO DE DAVID GALANTE EN EL 63 ANIVERSARIO DE LA LIBERACION DE AUSCHWITS POR PARTE DE LAS TROPAS RUSAS


En la foto superior, David Galante, el Ministro de Justicia, Anibal Fernandez, el Ministro de Educación, Juan Carlos Tedesco, el Secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde y el Viceministro de Relaciones Exteriores, García Moritain.

Abajo, el Embajador de Israel Rafael Eldad, Tiago Hazan (hijo de Martin) y David.




A continuación, el discurso de David Galante en el acto central del 63 Aniversario de la liberación de Auschwitz, en el salón principal del Banco de la Nación Argentina.


63 eneros


Hace 63 eneros, las tropas del ejército rojo ingresaban en Auschwitz y eran los primeros
testigos directos (amen de víctimas y victimarios) de la expresión humana más macabra de
la historia de la humanidad. Desde que el ser humano hace su aparición en la tierra, no se
conoce evento más trágico y nefasto que la Shoah. Al presenciar este triste espectáculo,
los ojos de los soldados rusos no podían creer lo que veían.
No eran unos jóvenes inexpertos los que ingresaron en Auschwitz, sino experimentados
soldados que desde hacía más de cuatro años se enfrentaban a las tropas nazis en
encarnizadas batallas en los lugares más inhóspitos de Europa. Pero el sufrimiento y el
dolor que habían padecido no era nada en comparación con lo que en ese momento
enfrentaban.
Cadáveres humanos apilados en montones, preservados por el frío del helado invierno
polaco, parecían brotar de cada rincón del campo construyendo un inexplicable paisaje de
muerte y desolación. Llantos, vómitos y desesperación se apoderaron de ellos.
Y no era que presenciaran todo el horror de la barbarie nazi, sino apenas los cuerpos de
los que no habían alcanzado a ingresar en las cámaras de gas y crematorios. El espanto era
causado solo por lo que había sobrado de la masacre. Más de un millón de personas
pasaron por ese infierno, y ellos se desesperaban al ver apenas los restos de tanto horror.
Nosotros, los que lo vivimos desde dentro, estábamos anestesiados. Ya no podía
sorprendernos aquello con lo que convivimos tanto tiempo. Aquellos cuerpos consumidos
por el hambre y las pestes eran apenas una extensión de lo que nuestros propios cuerpos
habían experimentado. Apenas una extensión de lo que nuestros ojos habían visto.
A alguno le parecerá extraño, pero no todos los que se asoman al infierno de Auschwitz
padecen la misma reacción que el campo despertó en sus libertadores. 63 eneros
después, su recuerdo también parece causar indiferencia y peor aún, su negación.
No voy a dar nombres ni detalles. No importan las personas sino los hechos. Los que
niegan lo que yo viví, tienen la suerte de que no podrán jamás experimentar una sola de
las sensaciones que yo padecí adentro del campo.
Yo ya tengo 63 años de experiencia conviviendo con los negadores. Y nada de lo que digan
podrá hacerme callar.
Y no es que les tema. Solo me pregunto cómo es posible negar.
Cómo poder negar el grito desgarrador de padres e hijos separados definitivamente por la
muerte a la entrada del campo de exterminio, conminados a las cámaras de gas sin
ninguna contemplación.
Cómo poder negar la temerosa bala que atravesó mi cara rozando mi nariz para estrellarse
en la frente del hombre parado a mi lado.
Cómo poder negar el millón y medio de niños que no conocieron la adultez por el solo
hecho de haber nacido judíos.
Cómo poder negar el laboratorio del Dr. Menguele en el que ingresé por accidente, en
donde no se conocían otros conejillos de indias que los seres humanos.
Cómo poder negar las mentiras con las que nos iban llevando hacia el campo de
exterminio: “los llevamos a un campo de trabajo para alejarlos de conflicto”, “los llevamos
a unas duchas para mantenerlos limpios” decía la misma persona que accionaba los
controles de la cámara de gas.
Cómo poder negar los fusilamientos masivos de las einzatsgruppen, quienes obligaban a
los mismos judíos a cavar las fosas adonde sus cuerpos caerían fulminados.
Cómo negar los ancianos apaleados y fusilados en los andenes solo porque sus cuerpos no
tenían la fuerza suficiente para subirse a los vagones de la muerte.
Cómo negar la sistemática sustracción de identidades, familiares, ilusiones, culturas,
lenguas, juventudes, miserias y esperanzas por millones.
Cómo negar la destrucción de comunidades, aldeas, ciudades, con sus colegios, sus
sinagogas, sus negocios, sus fabricas, sus hospitales, sus parques y sus calles.
Cómo negar los cuerpos colgados junto a la barraca de aquellos que solo perseguían un
sueño de libertad. Aquellos con los que nos tropezábamos cada día con la intención de
disuadir cualquier intento de fuga o lo que es peor, alimentar la delación de compañeros y
amigos.
Cómo negar el hambre al que nos sometían cada día con la intención de destruirnos moral
y físicamente.
Cómo negar el olor a carne quemada que, corporizada en chimeneas de humo negro,
brotaba de los crematorios recordándonos con dolor a nuestros padres, hijos, primos,
hermanos y amigos que día a día perecían allí.
Cómo poder negar el destino trágico de mis padres, Rebecca y Abraham y de mis
hermanas Rosa, Juana y Matilde.
¿Cómo poder negar?
Y por si a alguien le queda alguna duda, les cuento que todavía, a mis 82 años, aún
resuena en mis oídos una voz, muchas voces. Las voces de aquellos moribundos que con
su último aliento, apenas alcanzaban a decirme: “No te entregues David, no te entregues.
Sobreviví, aunque más no sea para contarle al mundo el infierno que viste aquí. Que no
quede impune esta tragedia. Que nunca olvide el hombre por qué acabaron con nuestras
vidas”.
Cómo negar lo que mis ojos aún no olvidan, lo que mi piel todavía siente, el amargo sabor
que en mi boca aún persiste, el insoportable olor que en mi nariz perdura y esa
inconfundible voz de los moribundos que retumba en mis oídos y me hace recordar una
vez más por qué estoy hoy aquí.
Recuerden siempre. Porque olvidar es volver a matar a los mártires de la Shoah.
Muchas gracias.
David Galante

LOS PIBES CHORROS Estigma y marginación (Daniel Míguez)


No es fácil lidiar con la delincuencia juvenil. Las justificaciones sociales no alcanzan a tranquilizar a una opinión pública que es víctima de asaltos, crímenes y secuestros de manera frecuente. Sin negar estos presupuestos, el sociólogo Daniel Míguez pretende ir un poco más allá, mostrar la trama de marginación, pobreza y abandono que sirve de caldo de cultivo a los pibes chorros. Y ahondar, de paso, en el desbordado sistema carcelario y represivo que rige en Argentina. El autor comienza ofreciendo la dimensión precisa del problema -no siempre coincidente con la visión mediática- y pasa a abordar de lleno los valores, códigos de honor y estilos de vida de los jóvenes dados a la transgresión de la ley. No escapa a su análisis la historia del fenómeno (en especial el nivel de degradación social que se padeció con los gobiernos militares y el ajuste económico). Las soluciones propuestas no son ni pueden ser tajantes: se relacionan con la ejecución de políticas a largo y mediano plazo que inevitablemente deben pasar por los ámbitos educativos y sociales.Daniel Míguez licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires, Doctor en Antropología por la Universidad de Amsterdam. Profesor de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales y de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas.